14.- DOMINACION TECNOCIENTIFICA O PRAXIS CIENTIFICO-CRÍTICA.
(viene de pág. anterior)
Los 153 años transcurridos han confirmado su profunda "verdad histórica", pero este no es el debate ahora. Lo que me interesa debatir es si la concepción ontológica, epistemológica y axiológica que ya estaba inicialmente activa en estas palabras, y que se enriquecería mucho con los años de vida de su autor incluso en aspecto cualitativos y novedosos que no podemos exponer aquí, dando por supuesto que esa concepción no fue la obra de una sola persona sino de un amplio movimiento internacional. Esta es una precisión importante en la que no me puedo extender, pero que se comprende muy fácilmente al otorgar a Aristóteles el papel de sintetizador de la racionalidad antigua, y a Descartes --¿y Newton?-- el de la racionalidad llamada "moderna". También se comprende esto recurriendo a Hegel y a Darwin --ambos admirados por Marx-- y a la actualidad de sus aportaciones, valía que no ha dudado en reivindicar G. Binnig: "¿Tiene algo que ver la teoría de Hegel de la tesis-antítesis-síntesis con mi modelo mental darwinista? Existen aspectos comunes. También en mi concepto, la dualidad representa un papel muy importante, no la dualidad de espíritu y materia, sino una dualidad originada entre dos polos. Entre ambos polos hay un equilibrio. Esto correspondería al concepto de tesis, con la antítesis como polo opuesto, y el equilibrio como síntesis" (228).
Desde esta perspectiva, el texto de Marx citado indica lo esencial de una concepción en la que ha desaparecido la racionalidad ahistórica cartesiana, cerrada y estática, como ya se la criticó en muchas ocasiones y en especial desde comienzos de los setenta por su incapacidad para entender el movimiento y el cambio (229), apareciendo la consciencia de que en los procesos surgen situaciones de crisis destructoras o creativas. Pero es una realidad sinérgica en la que la ascensión hacia la emergencia de lo nuevo y cualitativamente superior no es absoluto ni mecánico, sino que depende de sus propias contradicciones internas. Incluso se produce en el nivel de lo social el retroceso a lo viejo o el estancamiento, como más de una vez advirtieron Marx y Engels. Es decir, la racionalidad histórico-práctica de la que tratamos ya estaba siendo elaborada con más o menos sistematicidad y totalidad desde mediados del siglo XIX, e incluso antes si tenemos en cuenta a Hegel. La crisis de la mecánica newtoniana, la formación de la física cuántica y de la relatividad --con sus contradicciones y por ahora irreductibilidad--, el desarrollo de la teoría del caos y de la complejidad, la biología, etc., y los avances en una concepción más dialéctica de la epistemología, por no extendernos, aceleran esa dinámica.
Pero del mismo modo en que el triunfo de la racionalidad antigua, aristotélica, sólo puede darse tras la derrota de la democracia-esclavista y de la simultánea represión del método presocrático, con su concepción praxística de la técnica y del conocimiento, según hemos visto; y del mismo modo que el triunfo de la racionalidad cartesiana y de la ciencia newtoniana se produjo no sólo mediante la lucha contra la cosmovisión medieval sino también, y a partir de un momento crítico sobre todo, contra las racionalidades alternativas de los movimientos revolucionarios emergentes, de igual modo pero a otra escala, la racionalidad histórico-práctica, lo que con algunas diferencias alguien ha denominado "paradigma emergente" (230), tiene que superar muchas dificultes "externas" e "internas" a la tecnociencia y al viejo paradigma mecanicista. Una de esas dificultades, y no la menor, ya detectadas con mucha antelación, y que se inscribe de pleno en las características generales de toda revolución científica analizada por Khun y otros muchos, es la de la polisemia del lenguaje y sobre todo de ciertos conceptos o palabras que tiene una carga semántica reaccionaria muy fuerte en el imaginario social.
Por poner un ejemplo muy importante por el papel que juega en el nuevo paradigma tenemos el concepto de "azar", en el que intervienen tanto la ideología como la ciencia, según lo demostró Ph. Cazelle (231) hace tiempo, y otro tanto debemos decir del "caos", incluidas las tesis contrarias a la teoría del caos y de la existencia del azar, como es el caso de R. Thom, autor de la teoría de la catástrofe (232). De todos modos, y sin entrar ahora al debate sobre las ideas de este último autor, la importancia del azar, ya intuida por los griegos, reafirmada por Hegel y luego, entre otros muchos, brillantemente expuesta por Havemann en sus relaciones con la casualidad y la necesidad, la posibilidad y la realidad (233), no ha sido sino confirmada otra vez: "Lo mismo que la historia humana, la historia de la vida parece muy susceptible a pequeñas acciones o influencias que se amplifican con el paso del tiempo hasta dar lugar a cambios tremendos (...) el camino de la evolución no está orquestado por el determinismo, sino por el azar" (234).
Las trabas sociales de todo tipo explican, además de otros factores, que en el occidente capitalista se haya tardado más que en la desaparecida URSS en comenzar a estudiar todo lo relacionado con la dinámica compleja (235), y la dialéctica orden/desorden, azar/necesidad, cantidad/cualidad, esencia/fenómeno, etc. Pero también en la URSS y en otros muchos países socialistas --por ejemplo, y sin extendernos, Cuba con las biotecnologías consideradas desde un criterio ontológico, epistemológico y axiológio cualitativamente superior al capitalista--, ayudó sobremanera el potencia teórico implícito en la concepción marxiana de "ciencia" a la que ya nos hemos referido algo al comienzo de este texto. Y aunque las permanentes, brutales y genocidas agresiones imperialistas desde antes incluso de 1917 y la degeneración burocrática stalinista hicieron demasiado daño, lo cierto es que la orgullosa tecnociencia capitalista tuvo que reconocer muchas veces la superioridad soviética en lo militar y en la "ciencia pura", como demostró L. R. Graham poco antes de que comenzase la implosión global de la URSS (236). No sorprende entonces que, entre otros muchos filósofos y científicos formados en el método dialéctico usado en el llamado "bloque socialista", también el citado J. Zelený escribiera esto cuando buena parte la tecnociencia capitalista seguía resistiéndose a investigar la complejidad:
"Cada vez vienen a verse más confirmadas las representaciones de carácter probabilitario y estadístico de la realidad física --y no sólo física--. En la medida en que expresan estabilidad relativa y orden de fenómenos de masas, las características probabilitarias son características estructurales, que posibilitan la explicación de la dialéctica de la autonomía de los elementos en su dependencia de las características globales de los sistemas complejos. Estas características vienen vinculadas a la existencia de ciertas regularidades en la masa de eventos casuales y posibilitan la obtención de una expresión matemática de estas regularidades. Las características dinámicas y estáticas no pueden ser investigadas como guardando entre sí una relación de contraposición rígida. Corresponden a niveles organizativos diferentes de los objetos y procesos investigados y no a procesos determinados e indeterminados, como pensaban los autores de orientación metafísica" (237).
Conviene insistir en esta experiencia histórica irrefutable porque enseña cómo el desarrollo social y la aceptación oficial de un nuevo paradigma no dependen sólo de los factores "endógenos" e "internos" a l más o menos reducido grupo de especialistas que discuten sobre ese paradigma sino, fundamentalmente, a la sociedad en su conjunto y, dentro de esta, a las fuerzas sociopolíticas más conscientes, aunque no sean estrictamente "científicas". Pese a las muy duras agresiones externas, enormes atrasos estructurales internos heredados del zarismo y la generación burocrática, pese a todo ello, la URSS alcanzó grandes logros como hemos dicho, y su contradictoria presencia azuzó debates e investigaciones epistemológicas que no debemos olvidar (238), y muy especialmente en las bases de la teoría del caos, uno de los pilares de la nueva racionalidad histórico-práctica, como muestran en un excelente capítulo sobre "orden en el caos" A. Woods y T. Grant (239). Un ejemplo de la enorme carga política, filosófica y epistemológica y de las susceptibilidades en contra que tiene y genera la teoría del caos, con sus dos versiones, es el conjunto de críticas de todo tipo lanzadas contra I. Prigogine (240). Ahora bien, y ciñéndonos sólo por un momento a las implicaciones filosóficas y epistemológicas en juego, leamos a Prigogine: "el universo es un gigantesco sistema termodinámico. En todos los niveles encontramos inestabilidades y bifurcaciones" (241).
Según la "apolítica" obra de E. N. Lorenz , por bifurcación se entiende: "En una familia de sistemas dinámicos, un cambio brusco de comportamiento a largo plazo de un sistema, cuando el valor de una constante cambia, pasando de ser inferior a ser superior a determinado valor crítico" (242). No hace falta decir que esta definición científicamente demostrada es dialéctica pura, y en concreto la famosa ley del aumento cuantitativo y del salto cualitativo que crea lo nuevo. Y, sin extendernos, leamos qué nos enseña la física cuántica según P. Davies: "Que algo "ocurra porque sí" no viola necesariamente las leyes de la física. La brusca aparición de algo, sin causa alguna, puede entrar dentro del alcance de las leyes científicas si se tienen en cuenta las leyes cuánticas. Al parecer, la naturaleza es capaz de una auténtica espontaneidad (...) Aunque no tengamos una idea muy exacta de lo que ocurrió en el principio, al menos podemos ver que el origen del Universo a partir de la nada no tuvo por qué ser ilegítimo, antinatural o anticientífico. En otras palabras, no tuvo necesariamente que ser un acontecimiento sobrenatural" (243).
Hasta aquí, y para ir ya concluyendo esta exposición, las implicaciones filosóficas, epistemológicas y hasta ontológicas --¿qué es la "materia" que resulta capaz de autogenerarse y generar posteriormente más cualidades debido a la tendencia a la complejidad existente en bastantes de sus sistemas?--, por no hablar de la axiología --¿cómo valorar los sistemas bióticos y prebióticos e incluso la naturaleza entera de esa "materia" capaz de autoorganizarse?--, son claras e inagotables, pero, por ello mismo, también son políticas y sociales, o sea, afectan a las llamadas "ciencias sociales". Hace una década, el siempre interesante y polémico G. Balandier afirmó que: "Si el saber científico da lugar a la incertidumbre es porque ha llegado a un mejor reconocimiento de la complejidad; la simplicidad y la estabilidad han llegado a ser la excepción, ya no son la regla" (244). Marx y otros muchos firmarían esta constatación, y también estarían de acuerdo con que "Cuando el desorden, por su intensidad, su duración y su extensión se identifica con el caos, la incertidumbre y la inquietud ya no son las únicas manifestaciones que produce (...) El crac del lunes 19 de octubre de 1987, y el que resulta de él, da un vigor nuevo a la polémica del saber, el arte de los expertos y los sistemas técnicos a sus servicios (...)Se descubre que la máquina, por la cual la racionalidad se encuentra más completamente instrumentalizada, puede volverse loca (...) Los análisis, realizados a mayor distancia del acontecimiento y menos orientados por la búsqueda de culpables, plantean la pregunta más importante: la de la conversión brutal de la racionalidad en irracionalidad" (245).
Ahora bien, por su propia característica la teoría del caos permite muchas extrapolaciones cuando se pretende interpretar la vida social exclusivamente en base a ella. Así, simplificando en exceso la dinámica orden-desorden-autoorganización --otra actualización de la idea hegeliana de tesis-antítesis-síntesis-- se descualifica la dialéctica de contrarios antagónicos entre el orden y el desorden a una pobre mezcla o peor aún, una combinación. Mientras que la racionalidad histórico-práctica se reivindica de la lucha de contrarios irreconciliables que en determinadas condiciones pueden dar paso a un salto cualitativo --la bifurcación--, por su parte, algunas exageraciones del caos degeneran en posturas políticas abiertamente reformistas. Este es el caso, por ejemplo, de J. P. Dupuy:
"En la ciencia clásica existía el orden por un lado y el desorden por otro, y estas dos nociones se oponían. Sin embargo lo que tienen en común los nuevos enfoques un deseo de pensamiento y de combinación simultáneos del orden y del desorden. Por ejemplo, la física de lo no lineal se interesa por lo que llaman situaciones críticas, es decir, situaciones de crisis. Lo que caracteriza a la crisis --a una crisis general-- es justamente la mezcla de orden y desorden. Estos conceptos separados se encuentran entonces mezclados. Esto es válido para la crisis de los sistemas físicos, pero también lo es para la crisis de los sistemas sociales, donde lo que es orden y desorden tiende a mezclarse, como en un carnaval en el que la sociedades representa e imita el desorden. Así, una explicación basada en la sociología de la ciencia podría decir que esta idea no podría nacer más que en una sociedad que estuviera ella misma en crisis. Una sociedad capaz de vivir y concebir la mezcla entre el orden y el desorden" (246).
La "combinación" de orden y desorden es, en el plano estrictamente social, algo inconcebible desde una perspectiva revolucionaria, aunque es el sueño alquímico de toda opción reformista y desde luego conservadora. Sería muy interesante entrar aquí al problema similar de la diferencia entre dialéctica y dialógica, tesis esta última preferida por Edgar Morín y que desborda los límites de este texto. Por esto, siempre en el contexto de toda sociedad basada en la explotación del trabajo de las mujeres, de los pueblos y de las clases dominadas, y de la esquilmación de la naturaleza, es tan importante el conocimiento de la permanente inestabilidad social y de la historicidad del conocimiento, de la verdad. En palabras de Brunet y Valero Iglesias:
"La ciencia de los procesos irreversibles al recuperar la noción de temporalidad hace más compleja nuestra visión de la realidad social reemplazando el suelo de la sociología positiva (los sistemas sociales serían sistemas de equilibrio resultantes de procesos infinitamente reversibles) por una teoría de la irreversibilidad y la consiguiente incertidumbre, autoorganización e hipercomplejidad social ya que las orgnizaciones sociales no son puntos de equilibrio de sistemas pendulares sino complejos procesos irreversibles de autoorganización en un ambiente caótico (...) Y sin temor a equivocarnos debemos decir: todo lo que existe es histórico, y, concretamente, la idea de verdad. Y quizá, la sola función de la sociología de la ciencia consista en hacer ver las condiciones sociales de la producción de la verdad y de los límites del conocimiento del mundo natural y social. Hay que cuidarse de otorgar una realidad transhistórica la estructura del campo epistemológico dado que la razón científica es ella misma una creación histórica, por que, consecuentemente, sus criterios no pueden transcender las contingencias determinadas por las producciones históricas" (247).
Desde esta perspectiva, la praxis científico-crítica es un proceso permanente de autoconstrucción en la misma marcha, sin detenerse nunca y sin poder refugiarse en el seguro dogma de un puerto idealista. No existe un ejemplo mejor que la desalienación, es decir, del ascenso del valor de cambio al valor de uso, que el imaginarse una colectividad humana que debe crear y recrear su propia existencia, su "uso de vida" en una nace flotando en el espacio o en la mar. Esta es la metáfora que Fernández-Buey ha rescatado de Otto Neurat y que se contraponen a la de Karl Popper. Mientras éste segundo sostenía que la ciencia se sustenta sobre unos débiles postes que le mantiene encima de un pantano o de una laguna, como si fuera un palafito, aquél, Neurat mantenía que: "somos como marineros que en alta mar tienen que cambiar las forma de su embarcación para hacer frente a los destrozos de la tempestad. Para transformar la quilla tendrán que usar maderos a la deriva o tal vez tablas de la vieja estructura. No podrán, sin embargo, llevar la nave a puerto para reconstruirla de nuevo. Y mientras trabajan tendrán que permanecer sobre la vieja estructura de la nave y luchar contra el temporal, las olas desbocadas y los vientos desatados. Ese es nuestro destino como científicos" (248).
Si exceptuamos la última frase de Neurat, la del "destino como científicos", atípica en un marxista como él decía serlo pero muy típica en un positivista lógico como era en la práctica, el resto de la cita es totalmente válida para comprender la naturaleza del pensamiento humano y la importancia de la praxis histórico-práctica. La posterior teoría de la "nave espacial Tierra" no es sino una adaptación de la de Neurat tras las críticas ecologistas. La metáfora de la balsa o de la nave me sirve porque ilustra la decisiva importancia de la praxis pues si algo le caracteriza es la capacidad de autocriticarse y autoorganizarse en el mismo proceso teórico-práctico. La humanidad no está en condiciones de perder el tiempo con divagaciones abstractas o con especulaciones pasivas. En nuestra situación sí que vale la afirmación de I. Stewart de que: "Cuando se estudia un problema científico, no sólo hay que considerar lo que sucede, sino también lo que podría haber sucedido" (249). Naturalmente, llegar a esta conclusión no ha sido fácil, y ha sido necesaria una tremenda y a veces terrible acumulación de experiencias colectivas para terminar comprendiendo la urgencia de aplicar un pensamiento práctico e histórico, es decir, que tenga en cuenta tanto todos los efectos materiales o potenciales de las acciones posibles, como sus tiempos de evolución.
En un texto de obligada lectura, Engels dijo:
"Pero no nos jactemos demasiado de nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Pues por cada una de esas victorias, ésta se venga de nosotros. Cada triunfo, es verdad, produce ante todo los resultados que esperamos, pero en segundo y tercer lugar provoca efectos distintos, imprevistos, que muy a menudo anulan el primero (...) A cada paso que damos se nos recuerda que en modo alguno gobernamos la naturaleza como un conquistador a un pueblo extranjero, como alguien que se encuentra fuera de la naturaleza, sino que nosotros, seres de carne, hueso y cerebro, pertenecemos a la naturaleza, y existimos en su seno, y que todo nuestro dominio de ella consiste en el hecho de que poseemos, sobre las demás criaturas, la ventaja de aprender sus leyes y aplicarlas de forma correcta. (...) Gracias a una experiencia prolongada, y a menudo cruel, y al hecho de que reunimos y analizamos materiales históricos, aprendemos poco a poco a obtener una visión clara de los efectos sociales indirectos, más remotos, de nuestra actividad productiva, con lo cual contamos con la oportunidad de controlarlos y regularlos. Pero esta regulación exige algo más que simple conocimiento. Exige una revolución total en nuestro modo de producción existente hasta ahora, y al mismo tiempos una revolución en todo nuestro orden social contemporáneo" (250).
EUSKAL HERRIA
31-1-2001
(228) Gerd Binnig: "Desde la nada. Sobre la creatividad de la naturaleza y del ser humano". Galaxia Gutenberg, Barcelona 1996, pág 198.
(229) Maurice Caveing: "El proyecto racional de las ciencias contemporáneas", en AA.VV "Epistemología y marxismo". Edic. Martínez Roca, Barcelona 1974, págs 24-44.
(230) Miguel Martínez Miguélez: "El paradigma emergente. Hacia una nueva teoría de la racionalidad científica". Gedisa, Barcelona 1993.
(231) Ph. Cazelle: "El azar, la ciencia y la ideología". En AA. VV: "Dialéctica marxista y ciencias de la naturaleza". Colección R México 1977. Págs 57-97.
(232) René Thom: "La ciencia está atascada desde hace veinticinco años" en "Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo", de Guy Sorman, Seix Barral, Barcelona 1991, págs 46-54.
(233) Robert Havemann: "Dialéctica sin dogma", Ariel, Barcelona 1971, págs 127-144.
(234) Peter Douglas Ward: "El azar y la historia de la vida". En AA.VV: "Así son las cosas". Ops. Cit. Págs 137-142.
(235) N. Katherine Hayles: "La evolución del caos". Ops. Cit. Pág 20.
(236) Loren R. Graham: "Ciencia y filosofía en la Unión Soviética". Siglo XXI. Madrid 1976.
(237) Jindrich Zelený: "Transformaciones en la fundamentación gnoseológica de la ciencia actual". Ops. Cit. Pág. 132.
(238) J. M. Pérez Hernández: "Problemas filosóficos de las ciencias modernas". Contracanto, Madrid 1989, y AA.VV: "La dialéctica y los métodos científicos generales de investigación". Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba, 1985, 2 volúmenes.
(239) Alan Woods y Ted Grant: "Razón y revolución. Filosofía marxista y ciencia moderna". Fundación F. Engels. Madrid 1995, págs 355-434.
(240) N. K. Hayles: "La evolución del caos". Ops. Cit. Págs. 123 y ss.
(241) Ilya Prigogine: "El fin de las certidumbres". Taurus, Madrid 1997, pág 214.
(242) Edward N. Lorenz: "La esencia del caos. Un campo de conocimiento que se ha convertido en parte importante del mundo que nos rodea". Debate. Madrid 1994, pág. 212.
(243) Paul Davies: "¿Qué sucedió antes del Big Bang?, en AA.VV: "Así son las cosas". Ops. Cit. Págs 43-50.
(244) Georges Balandier: "El Desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento". Gedisa, Barcelona 1989, pág. 57.
(245) Georges Balandier: "El desorden". Ops. Cit. Págs. 178-179.
(246) Jean Pierre Dupuy: "Orden, desorden y autoorganización", en "Caos" Archipiélago, nº 13, Barcelona 1993, pág 60.
(247) Ignasi Brunet Icart y Luis F. Valero Iglesias: "Epistemología I Sociología de la ciencia". PPU, Barcelona 1996, pág 569.
(248) Francisco Fernández-Buey: "La ilusión del método". Crítica, Barcelona 1991, pág . 228.
(249) Ian Stewart: "Simetría: el hilo de la realidad", en AA.VV: "Así son las cosas". Ops. Cit. Págs263-269.
(250) Federico Engels: "El papel del trabajo en la transición del mono al hombre", en "Dialéctica de la naturaleza". Akal, Madrid 1978, págs 145-147.